GB · 0004
24 VIII 2025
18:18
Collectio Gabinetum
Alma Sánchez
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Hambre
⌖
Hambre emocional y hambre energética.
¿Cómo es posible que desde el hambre emocional de trazar, planificar, sentir y expresar se puedan materializar, exponer y compartir un deseo compartido?
¿O quizás ese deseo sea tan carnal como visceral y sólo necesite saciar ese hambre emocional? ¿Cómo es posible, que de forma tan directa como indirecta pueda ser y existir un coágulo de emociones que se revuelven en las entrañas?
¿Esas que quizás conformen una bolita dinámica que viaja entre vientre, pecho, garganta y cabeza y deje una estela energética llena de diversas sensaciones y emociones?
Hace unos días, de forma paralela, empecé a notar que volvía el hambre. Era un apetito diferente, tenía unas notas sutiles, un espacio distinto. Y el papel en blanco es el responsable de que ahora mismo mi calma, mi paz y mi razón de ser sean el motor para volver a escribir. Para dejar a un lado unos pinceles que cogen polvo, telarañas y suciedad y volver a la pluma y al papel. No es ansiedad, tampoco son nervios, ni tampoco es gula. Es un sentimiento de armonía, de realización, de esperanza y de creación. E incluso,... todos esos sentimientos que crean ese reflujo de sensaciones y emociones reunidas, han dado paso a un hambre espiritual.
A un apetito voraz de vibración y de frecuencia. A un hambre energético que excita y promueve una avalancha de pulsiones que necesitan materializar cualquier cosa que caiga en mis manos. Y es por eso, que ahora, casi en la penumbra vuelvo a ver que entre la lámina, esa que me observa desde el atril de madera, esa que grita y acecha como si yo fuera su presa. Como si la existencia total de esos trazos, en un papel teñido de té Lapsang Souchong, quisieran reconvertirse para lanzarse sobre mí y engullirme en mitad de la noche.
También hay una moleskine antigua, un cuaderno que tiene más años que mis maletas y que grita abierto que plasme con ansia, con amor, con pasión, aquellas letras que pueden conformar un abismo de sensaciones. Pero no puedo hablar de esa lámina, es un secreto. Forma parte de una colección, de algo muy grande, de un proyecto de vida que reunirá las experiencias de los últimos 5 años.
Es algo que necesita tiempo, necesita curarse como un buen vino que se está maridando. Pero esa colección me da la vida.
Es mi proyecto vital, mi propósito, es mi esencia en el estado más crudo y más puro, expuesta en 18 láminas. Contada en 18 pasajes. 18... Ese número mágico, ese número que lo mires por donde lo mires te deja un descanso tan místico como existencial. Es un número que se relaciona con la necesidad de mirar hacia adentro, de observar nuestro interior, de conectar con las emociones profundas que nos habitan y en confiar en nuestra propia intuición para navegar por las incertidumbres, dudas y cuestiones que surgen en nuestra vida.
Y ese es el número de láminas que componen esa colección, y esa serie de láminas son las culpables de mi hambre emocional y de mi hambre energética. Pero quizás, tan sólo quizás, esa hambre energética se nutre de vibraciones, de frecuencias, de roces constantes con la naturaleza, de estados obnubilados, de catarsis en mitad del campo mirando al cielo, observando como las mariposas, con sus propias ondas, vibraciones y frecuencias, se posan sobre las flores, me rodean y vuelve a seguir con la danza entre tallos y pétalos. También podría ser, el canto de los búhos que me acompañan en mitad de la noche o los gritos de las lechuzas que están a punto de cazar a un pequeño roedor que merodea por la zona.
O,... puede que ese hambre, esa necesidad, ese placer y ese deseo energético sea tan solo la propia existencia entre la razón de ser y la de mi alma abrazándola con tanto amor, con tanta pasión, con tanta calidez, que lo único que necesita es alimentarse de emociones que ponen en marcha el motor de la creación. La raíz del nacimiento interno más inocente y más puro que hace que el alma respire en calma y sienta que el amor es el principio más básico que la hace bailar.
Esa fuerza motriz, la que se pone en marcha cuando queremos llevar a la práctica esa invención, genera tal fricción, tal empuje de vibraciones, frecuencias y energías que se convierte en la mayor y más preciada palabra que puede definirlo: el "entusiasmo". Ese entusiasmo, esa chispa, esa magia, ese ápice de vivacidad es el que mueve absolutamente todo nuestro ser, como si fuera un gigante a punto de danzar en el universo y volar hacia un mundo interior tan vasto, tan amplio, tan lleno de posibilidades que toda esa energía vibracional y frecuencial es exponencial a todo aquello que sucede.
Como alguien dijo el otro día, el "entusiasmo" es llevar un Dios dentro. Y es cierto, eso es el verdadero alimento del hambre energético y por ende el hambre emocional. Ambos van de la mano se retroalimentan mutuamente, mutan en estados que son los que el ser humano necesita para vivir en paz. Y eso es tener la materia de dios en nuestro interior.
Ese conjunto de partículas minúsculas que danzan, viajan y se posan allá donde quieren y hacen realidad muchísimas cosas. Y así es como surgen las sincronías, las sincronicidades son efectos secundarios de esa chispa que existe y se crea día tras día. Por cada respiración, por cada meditación, por cada primer pensamiento que nos hace crear y compartir, desde el ser, desde la libertad y desde el amor. Y lo único que hay que hacer con esa materia de Dios es tan solo explorarla. Hay que conocerla, saborearla, explotarla y acariciarla con la yema de nuestros dedos, jugar con ella, abrazarla y verla con los ojos de esos niños que somos para provocarla y hacer que estalle en toda su magnitud.
Y para que genere todo eso que tan bien nos hace y genera ese entusiasmo que nos recorre el cuerpo al completo, materializándose en una energía. Y cuando esa energía nace, se siente distinta. Es como un calor suave que vibra y pulsa, que recorre el pecho, se desliza por los brazos y termina anidando en el corazón.
Porque… ¿quién no ha sentido alguna vez esa presencia cálida, casi ajena, encima o debajo del pecho? Ese calor que calma, que envuelve, que deja un estado de paz y sosiego imposible de ignorar.