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GB · 0015

03 XII 2025

10:01

Collectio Gabinetum

Alma Sánchez

*

El rumor

⌖

El rumor del oleaje


(con notas mitológicas)


¿En qué momento el oleaje de un río se convierte en un instante de transformación y renacimiento, que enjuaga, lamenta, calma y nutre la piel, como si fuera una canción eterna y duradera? 

¿O en qué instante dejamos que una historia, un mito, una alegoría, selle un pacto energético, un recuerdo eterno, o una latencia tan cadente como infinita, y se perpetúe a lo largo de las décadas, dejando un sabor agridulce entre las manos y la lengua? 


Hace días, o incluso semanas, esas que trascurren tras semanas y éstas que se convierten en meses, el tiempo se resquebraja, se diluye, se magnifica o se pierde de tal manera, que todo aquello que sucede o cada cosa que se manifiesta, se reúne como un puñado de olas sin destino. Esas olas que viajan a lo largo de un río. Y que con agonía y descenso mueren en un sinfín de lamentos, recuerdos y memorias impías y deshonestas. 


Es uno de esos ríos que se ensancha a medida que va camino de una desembocadura que no llega, que no se materializa, ni tampoco se manifiesta. Pues las olas no desatan tormentas, ya no suscitan remolinos, ni tampoco provocan lamentos, ni sollozos. Al contrario, se registran suspiros, se almacenan gemidos, se recorren piedras, llenas de fango, musgo y verdín, que hacen resbaladizo el verbo y el deseo. 


* 


Quizás en ciertos momentos cuando veo que el río solloza, o cuando observo que su austeridad asoma entre ramas, troncos y rocas demasiado puntiagudas, me recuerda el pasado, de una forma demasiado descomunal y recuerdo el mito de Perséfone. 


Ese mito que reúne los estadios de la transición más humana, del paso del ser imberbe, a la corrupción del ego y de la sombra y del renacimiento del ser. Y es tan curioso como doloroso, porque claramente, todos pasamos o experimentamos el mito. Todo eso hace que una persona sea capaz de observar el pasado, o con ojos juiciosos, llenos de resquemor, de ausencia, de impertinencia, de hastío, de granada marchita, de flor mustia y de esencia corrompida. O puede ver el pasado con ojos más amables, más comprensivos, más objetivos, más pragmáticos, más prudentes, más armónicos, más amorosos y más renacentistas. 


* 


¿Qué sucede cuando el mito se convierte en realidad y el pasaje intermedio entre el rapto, el inframundo corrompido, y la transformación, el renacimiento, hacen que recuerdes instantes que marcaron toda una eternidad? Ese que se materializó en una profanación del ser, un maltrato del cuerpo físico, ese que se manifestó en lesiones, ausencias, dolores que supuraban como si fuera heridas abiertas, ese que en un momento vital, hizo que el descenso hacia el inframundo fuera inevitable, remarcable y sentido hasta los mismísimos huesos. 


Pues los músculos perpetraron una fatiga interminable, la dermis se resquebrajó y en ella, se dibujaron círculos morados y azules, simbolizando... un universo roto. La mente y el alma, se descentraron tanto que el paso de la ausencia a la indolencia, fue consumada en una esencia demasiado penetrada y olvidada. 

Puede que esa caída, puede... que ese descendimiento, fuera el necesario, al menos lo fue en mi vida. Porque cada uno arrastra memorias, arrastra recuerdos, esos que son imposibles de olvidar... y cuando salen a flote por ese rumor de las olas dulces, son como pequeños desgarros de corrientes que se anclan en la dermis. La mía... arrastra dos momentos, los cuales he recordado hoy martes, mientras creaba algo que necesita ser observado y nombrado. Y es esa transgresión del cuerpo interno y externo. Y el agravio constante durante varios años. Y sí, hablo con metáforas, pues sólo aquellos, con ojos sensibles y avispados entenderán mis palabras. 


Fueron dos momentos de descenso al inframundo, fue esa creación de la Perséfone que habita en cada mujer, martilleada y ahogada por el paso del tiempo, ignorada en mitad del espacio, invisible a los ojos del universo. 


Pero,... 

¿Qué sucede cuando se es consciente de esos momentos, cuando uno ya conoce esa inocencia corrompida y astillada, y se observa, pero desde unos ojos más adultos, más humanamente bellos, más esencialmente vívidos, más amorosos y más compasivos que abrazan al ego pertrechado y dolorido? 


Independientemente de esos dos instantes, esos recuerdos que habitan entre las costillas, el diafragma y el pecho, ahí donde se registra y se esconde la energía, toda caída, todo descenso, toda la parte desintegrada, pasa por ese estadio (o por esa fase intermedia entre dos estadios) porque el plan del alma no es más que sanar aquello que otros rompieron, para ascender, para integrar, para transformar y renacer de nuevo. 


Lo roto, lo desintegrado, lo perdido, lo no olvidado, necesita su fase, su metamorfosis, su recuperación y su renacimiento. Pues eso es lo intrínseco del alma, es la importancia de la esencia, revolviendo las entrañas y deshojando un puñado de pétalos dispuestos a esparcirse como hojas en mitad de un río. Ese que las engulle, ese que las hace sonar a través de las agallas, ese que las succiona hasta el fondo allí donde las rocas dejaron de ser rocas y se transformaron en arena muerta de agua dulce.


Y todo cuando vuelve a la superficie ha mudado la piel, ha mudado la mente, hasta tal extremo que parece que brillan bajo un sol de un otoño tardío. 

Y eso lo traslado al mundo real en el cual todo aquello que se materializa entre las yemas de los dedos, que se forma a través de un suspiro de unos labios que besan el universo como si fuera el amante perfecto, ya que está deseosa de abrazar con tanta ansia y permanencia, que ni siquiera el espacio ni el tiempo pueden detener ese proceso. 


Porque,... ¿podría haber recaídas al inframundo a pesar de haber caído en ello una vez generando un estado depresivo durante años? No, no suele haber otra recaída. No tiene nada que ver. Porque la primera caída al inframundo, esa que te hace sentir, palpar, acariciar con los dedos y arañar con las uñas una sombra que se pierde tras los cimientos es la necesaria para saber que la siguiente no tendrá esa profundidad. La siguiente no es una recaída. Lo siguiente es un tropezón, uno tan leve que está generado más por el ego que por esa sombra que sucumbía y amenazaba por desvanecerse de este mundo. 


El siguiente no es un descenso, es un equilibrio entre permanecer, existir y aunar entre alma, sombra y ego un estadio que no es más que el renacimiento y la sabiduría de saber caminar entre un pavimento de rocas, agua, mitos, historias, recuerdos e instantes que no se repiten más, porque la horma se ha dejado de perpetrar. Porque la deshonra se ha convertido en honor. Porque el reconocimiento se ha construido en consciencia y perseverancia. 


Y porque cada primera caída, cada tropiezo posterior, cada experiencia vivida, sentida y honrada entre el ego, la sombra y el alma, hacen que el rumor del agua sea nada más que susurro, un suspiro, un estado indiscutible y momentáneo. Ni la propia eternidad es capaz de discutir con el universo. 


Pues los mínimos mensajes enviados a través del tiempo son capaces de dialogar con la naturaleza más cruda, más intacta y hacen que el verbo, el anhelo, la entrega y el amor, renazcan de entre las ruinas y construyan el templo más sagrado hecho carne, huesos y versos.


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