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Entrar y salir de la crisálida

Foto del escritor: Alma Sánchez
Alma Sánchez
10 ago 2025
4 min de lectura


Crisálida, chrysallis.

Etimología: Del latín chrysalUs, Idis, y chrysalUs, de chrysós, oro.

Zoología. Ninfa, en la acepción de insecto que ha pasado ya del estado de larva y prepara su última metamorfosis.


¿Quién no ha sentido un soplo del aire entre las costillas y los pulmones y ha recuperado de forma momentánea la cordura y el sentido común a través del espacio y del tiempo al salir de una crisálida que lo protegía del mundo externo?

¿Quién no ha sentido que por un momento, una caricia que juega entre la eternidad del universo roza sutilmente con una energía cálida, suave, dilatada, ansiosa y hambrienta de contacto e intenta llamar con delicadeza y estridencia para entrar en esa crisálida donde habitamos a solas?


Quizás, ese soplo de aire, esa bocanada de aire fresco y nuevo, esa caricia que se acaba volviendo un abrazo al alma, al ser, al sentir y al cuerpo que habitamos, sea la razón suficiente para saber qué hay momentos en los que salir de la crisálida se vuelve el mayor y precioso acto de amor propio que podríamos imaginar y vivir. Pero, en ciertas ocasiones si que es necesario tejer lentamente una superficie opaca e insonora que nos aleje del ruido, del mundo, de las personas, de los edificios y de su superflua estridencia e incluso del presente que puede llegar a ser doloroso y puede hacer tal mella en nuestra mente y en nosotros mismos que hace que nos replanteemos nuestra vida a todos los niveles habidos y por haber. Son esos instantes en los que necesitamos volver a nuestro centro.


En los que necesitamos con una urgencia que el alma grita como un niño lloroso que necesita cuidados, mimos y atención. Esos momentos yo los defino como las fases de nuestro subconsciente. Estas fases ocurren cuando vivimos ciertas experiencias y nuestro ego toma el mando de forma sistemática y automática y que el alma, renuncia a esa lucha y decide detenerse para hilar una delicada y preciosa crisálida alrededor de nuestros huesos, de nuestros miembros, para separarnos de ese mundo lleno de hastío, sufrimiento y egolatría, dejando a un lado hasta nuestro propio ego...


Entramos en esa consecuencia porque de alguna manera necesitamos hacer una comunión entre el ego, la sombra y el alma. Y en esa conexión, con uno mismo, sentir de forma natural el dolor, el pesar, la pena, la tristeza. Y por ende, al entrar en ese contacto, tomamos contacto con un alma lastimada que necesita repararse con amor. Pues el ego, dolido, lastimado y rabioso, como un niño herido, ha intentado destruir y hacer añicos nuestro mundo interno. Esta experiencia es entrar dentro de nuestra propia crisálida. Es entrar en un proceso de inspección, de recogerse en sus propios pensamientos y sentimientos, de navegar en un mar lleno de sensaciones y dudas.


Entrar en nuestra crisálida en una introspección que nos lleva por un camino solitario, austero y el destino final de cada uno es la sabiduría y el autoconocimiento, el cual nos depara un camino de bondad y humildad con nuestra propia esencia y nuestro amor propio. Este trayecto, ese proceso de instrucción interna, recoge momentos que de alguna manera o de otra hay que vivir en la vida y es bueno pasar por ello, también está bien permanecer en esa fina y delicada crisálida humana el tiempo que necesitemos, sea para reparar en nosotros mismos, en nuestras heridas e incluso en volver a reconstruir nuestros propios cimientos, si es que se habían desmoronado.


Así es que,...

¿Quién dijo que no podemos vivir en soledad con nuestros pensamientos y sentimientos? ¿Cuántos de nosotros podemos y sabemos estar en soledad dentro de nuestra propia crisálida personal?


Recuerdo una frase de Carl Jung que dice: La soledad es peligrosa. Es adictiva. Una vez que te das cuenta de cuánta paz hay en ella, no quieres lidiar con la gente.


Entrar en contacto con nuestra soledad, por mucho que algunos le teman por los motivos y razones que algunas personas le huyan, es necesario sentirla, abrazarla y comprenderla. Ya que ese contacto es la única manera de que sanemos de forma interna y aceptemos que el camino que recorremos en la vida es el de sentirnos vivos y bien bajo nuestra propia piel. Y como dice Jung, la soledad es adictiva cuando aprendes a estar bien en ella.


La cuestión es; ¿por qué sentir el peligro de estar en contacto y lidiar con las personas?

Para mí entrar en la crisálida, es conectar con mi alma, con mi esencia, con mi consciencia.


Y el hecho de salir de ella, hace que aprenda a saber y a estar conmigo misma y con los demás. Sí que podemos aislarnos y evitar el abismo entre seres y almas diferentes. Pero vivir en una constante crisálida hace que perdamos la habilidad de relacionarnos y evitamos todo lo bueno que existe en el mundo.


Rescato esto que decía al inicio: ¿Quién no ha sentido que por un momento, una caricia que juega entre la eternidad del universo roza sutilmente con una energía cálida, suave, dilatada, ansiosa y hambrienta de contacto e intenta llamar con delicadeza y estridencia para entrar en esa crisálida donde habitamos a solas?


Quizás, ese soplo de aire, esa bocanada de aire fresco y nuevo, esa caricia que se acaba volviendo un abrazo al alma, al ser, al sentir y al cuerpo que habitamos, sea la razón suficiente para saber qué hay momentos en los que salir de la crisálida se vuelve el mayor y precioso acto de amor propio que podríamos imaginar y vivir.


Ya que somos energía en movimiento, contactamos con otras energías, vibraciones y frecuencias, algunas son corporales, otras son universales y otras son cósmicas, pero todas sin excepción forman parte de un flujo mayor que hace que el contacto directo e indirecto merezca la pena. No escribo esto como testamento de lo que uno puede llegar a hacer y lo que no. Escribo esto como un punto de inflexión y reflexión en la consciencia que tenemos como seres racionales.


El hecho de sentarme y exponer estas ideas, nacen de las conversaciones que tengo con algunos compañeros de camino. Y si no fuera por salir de esa crisálida y mantener un contacto de humanidad, no aprendería absolutamente nada. Ya que gracias a ellos, a esos compañeros, a esas almas, a esos pequeños niños que habitan en el universo, a esas energías y vibraciones, sigo cultivándome y reconstruyéndome dentro de esa capa translúcida y dorada.

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