De la tierra al cosmos. Del cosmos a la tierra.

Meditaciones transcendentales
Lo he vuelto a hacer.
Sí, he vuelto al rincón en donde el mundo entero se detiene y solo se es consciente del paso del tiempo por el diálogo de los árboles, por el suspiro del viento, por el abrazo velado y un puñado de nubes que acarician como si fueran dardos que viajan en bandadas de cuatro a cuatro pájaros sobre los bajos más bajos de un río. Son esas las similitudes del cosmos y las esencias más puras y energéticas que construyen el hábito.
Son esos secretos que esperan ser descubiertos, esos que quizás sólo necesitan que alguien sepa dónde mirar y se atreva a seguir tanto el rastro del suelo como el del cielo.
Hay una cosa que no puedo evitar y que es algo que se ancla un poco más; las cuevas son el mayor refugio que el ser humano puede tener. Son un lugar en donde habita lo más inhóspito y la belleza más pura. En donde las energías, las vibraciones y las frecuencias viajan de forma transcendental entre la roca, el aire, el agua y el fuego.
Es ese espacio en el que quieres estar por el aire que se respira, por el recogimiento, por el ambiente de esencia y eternidad que supura por cada grieta. Es ese lugar en dónde el alma, la piel, el tacto, el olor y el sonido se reúnen para apaciguar y generar esa vibración, esa frecuencia que hacen que aumente a niveles desorbitados la energía y se condense de tal manera que un fuego interno aúlla ferozmente.
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Ya que que todo lo demás se degrada y se difumina con tantísima rapidez que no existe nada más que el ser en comunión con otro ser o el ser en mitad de la nada. Por eso a mí me gusta estar en ellas, empaparme de su silencio, bañarme en el bosque que las rodean, ese que ofrece más que calma y paz, ese en el que se navega entre los resquicios que regalan y ofrecen instantes imposibles de olvidar. Inamovibles en el recuerdo y en el sentimiento.
Ya que cada minúscula gota, cada aliento de la tierra, cada hoja caída o cada lágrima de lluvia que roza la cara o cada ardilla que salta y danza entre las ramas que se sujetan entre árbol y árbol, y crujen por encima de las ideas,... inspiran mil millones de pensamientos que viajan a la velocidad de la luz.
Ya sean para escribir un fragmento, para pintar un lienzo, para componer una melodía o para construir un pensamiento que en ocasiones tiene sentido o ni siquiera tiene lógica alguna o son demasiado crípticos. Como aquellos textos que puedo traer por aquí a veces...
Volver a ese rincón, a esa cueva, a esa crisálida, se puede convertir en un ritual. En un momento meditativo. En un proceso trascendental.
Porque es una ceremonia íntima y muy especial ya que cada vez que se pasa de El umbral de una cueva, siempre se acaba mirando hacia arriba, observando el techo de la misma manera que se pueden observar las estrellas. Y el paso de El umbral de la cueva al interior de ésta, es lo que magnifica esa energía. Ya sea por su silencio, o por ese llanto que empapa y besa los labios, pues cada gota que cae suspira sueños y fantasías. Esas son las que avivan el fuego energético y espiritual. Que en contraste con el frío tan intenso que habita en esos rincones, ese que al exhalar sale vaho, atraviesa y baila entre los labios, los músculos y los huesos, consiguen que se entre en un estado meditativo muy transcendental.
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