Sinergias, sincronicidades y el arte de soltar

¿Quién no ha fantaseado alguna vez, en sueños o en fantasías ocultas, que el mayor deseo y anhelo es conectar con algo que ve más allá, en la oscuridad, a través de sus propios ojos y de su energía?
Quizás en esta ocasión esto va a ser algo más propio de un diario de campo que un artículo, ya que es una reflexión que llevo haciendo desde hace semanas, meses e incluso años. Hace unos meses tuve el aprendizaje de saber cuánto y cuándo puede una lámina analógica soportar el paso del tiempo para finalizarse. Aprendí que jugar con papel, tintas y pigmentos tiene un peso mayor y una satisfacción fuera de lo habitual, pues es alquimia, es magia lo que surge entre los dedos.
Pero, ¿qué ocurre cuando te aferras día tras día, semana tras semana, a una lámina que anhelas terminar y sientes que nunca alcanza su cierre?
Creo que la gran mayoría de los artistas nos ofuscamos demasiado (incluso hasta nos cabreamos) en querer terminar algo, no sé si habrá alguno también como yo que empieza una ilustración, empieza otra, y otra, y otra y así hasta que al final se acumulan unas 5 o 10 láminas a nuestro lado. A mí me pasa muchísimo y me apego a ellas como si fueran mucho más que un hijo creativo. Pero ahora mismo estoy depurando patrones, actitudes, comportamientos y algún que otro pensamiento intrusivo. Y ayer, recordé una frase; "Como es arriba es abajo", no es mía, es de una persona, a la cual sigo desde hace ya años por lo que es capaz de decir y transmitir y es literalmente imposible olvidar las cosas que dice.
Y hace unos meses, leí una frase que me hizo conectar de forma automática con mi animal tótem. A día de hoy tengo dos animales espirituales a mi lado, más adelante os contaré sobre el segundo. Pero mi animal tótem es el búho, y me acordé de algo que de alguna forma o de otra hizo que pusiera el foco en otra dirección.
El búho nos recuerda que la claridad no siempre llega con la luz del día, sino en la profundidad de la noche, cuando nos atrevemos a mirar dentro de nosotros mismos (Robert A. Johnson), cuando somos capaces de convivir con nuestra oscuridad, nuestra sombra, con nuestro ego. Eso hizo que haya tomado la decisión de abandonar, proteger, cuidar y mantener en buen recaudo el póster de las tres aves nocturnas que estoy realizando.
Por que… ¿cómo voy a dar vida a una lechuza, un búho nival y un mochuelo boreal si antes no soy capaz de mirar hacia dentro y soltar aquello que podré retomar más adelante, cuando el foco ilumine todo el lienzo como un estadio en plena luz? Las aves, a nivel espiritual, energético, filosófico y naturalista tienen una simbología, tienen una razón de ser, una existencia basada en un comportamiento que quizás, quizás, se podría incluso copiar de ellas.
¿Y por qué? Pues porque,... en la oscuridad, escuchamos la voz más profunda de nuestra alma; allí donde los ojos no ven, el espíritu percibe la verdad (Clarissa Pinkola Estés), y permanece de forma que parece que esa voz se funde en nuestro interior y se convierte en el mayor poder de decisión. Cuando conectamos con esa parte, con esa voz más recóndita y oscura de nuestra alma, observamos que hay partes de nuestro hacer, de nuestro pensar, de nuestros sueños y anhelos más profundos que entran en estado de inexistencia. Se crea una especie de limbo entre nuestro ser, el espacio y el tiempo que cualquier quiebre puede hacer que todo se desmorone.
Pero eso está bien qué ocurra. Es necesario que suceda porque es parte de la vida, parte del aprendizaje de cada uno. Y sencillamente es para sentir y no olvidar que vinimos al universo como creadores. ¿Y qué tienen que ver la energética, el simbolismo, lo onírico y la filosofía con la propia naturaleza, el apego y el comportamiento humano con el de las aves y su forma de relacionarse y los comportamientos humanos con todo esto que os estoy contando? Os cuento que es muy fácil de entender:
Hay varios detalles, datos importantes, que hablan de la facilidad y la manera de trasmutar la energía en una fuente inagotable de conexión interna y profunda con el entorno que nos rodea. Henry David Thoreau, en algunos de sus libros hablaba de como el entorno más natural influye en nuestras vidas y por ende nuestros deseos, emociones, sensaciones y sentimientos se expanden, se enriquecen, crecen y entran en un bucle de desarrollo tan onírico como realista que nos llevan a disfrutar realmente de los procesos y no sentir que estamos castigándonos.
Un ejemplo práctico para que se pueda ver con mayor claridad; si baso eso en mi experiencia con las láminas naturalistas, entro en la disyuntiva de que posiblemente ese sea uno de mis "pequeños patrones de comportamiento y acción" a considerar observar con más detenimiento y con una visión algo más... amplia y desapegada y ser más comprensiva y amorosa conmigo misma. Y a mis 41 años he visto lo que es capaz de hacer un apego insano por algo que no nos está aportando claridad y nos sumerge en un estado de neblina mental y que vengan pensamientos de; "¿pero qué es lo que estoy haciendo?".
Ese tipo de estados, esos pensamientos intrusivos, esos apegos sólo nos llevan a un instante de dudas, a que nuestra energía merme, a que los sueños pesen, a que nuestro propio raciocinio se ponga en entredicho, a que nuestra propia vida sea sólo un efecto secundario cuando debería de ser el principal motor de nuestra existencia. Pero la cuestión no es juzgarlos, tampoco criticarlos, no es la mejor opción ya que eso sólo hace que vaya creciendo un sufrimiento abismal hacia ese apego y hacia esa necesidad insana de querer tenerlo todo controlado y bajo la lupa del pensamiento; "es que tengo que terminarlo, es que necesito verlo acabado". ¿No sería más fácil observar y soltarlo?
Sí, muchas veces es más fácil soltar eso a seguir anclados en ese bucle constante de pienso, pero me refreno. Llevándolo a lo práctico, a mi ejemplo, a mi experiencia; prefiero soltar y dejar una lámina que aunque me muero de ganas por ver finalizada, no es el momento para hacerla y resolverla. Cada cosa tiene su momento, cada sentimiento tiene su espacio para ser experimentado, cada lámina tiene su lugar en nuestro pequeño espacio y en nuestro tiempo. Lo importante no es apegarse al arte que creamos, lo que importa es lo que nuestro arte hace cuando es observado, es valorado, es amado y es sentido hasta las mismísimas raíces de su propia creación.
Porque,... ¿no sería bonito que nos recuerden por lo que compartimos a nivel creativo, artístico, energético, emocional y psicológico para que acabemos siento esa parte totalmente memorable para toda la eternidad?
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